Santa Cruz de Tenerife

De entre los muertos

La balsa en la que ambos se salvaron aún se conserva. El nieto de Imeldo dice que es "la patera de mi abuelo".
Ó. MARTÍN/C. ANDRADA Tfe.
8/feb/04 03:28
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Día 30 de diciembre de 1975. 15:30 horas locales. Entre las islas de Filipinas y Las Molucas, concretamente en el estrecho de Mindanao. Tres explosiones en pocos minutos de intervalo hacen que el carguero noruego "Berge Istra", con bandera liberiana, desaparezca en las profundas aguas del Pacífico.

De los 32 tripulantes a bordo, 12 canarios, sólo dos de ellos consiguieron sobrevivir a una odisea que comenzó en ese momento, precisamente cuando fueron catapultados al mar por la virulencia de las deflagraciones.

Imeldo Barreto y Epifanio Perdomo, dos tinerfeños de Punta del Hidalgo y Taganana, respectivamente, supieron a las pocas horas de su naufragio que eran los únicos supervivientes.

Después de 29 años, conjurados en un silencio cómplice regado con la vida de sus compañeros que pe-recieron en el océano, relatan para EL DÍA y Radio El Día los pormenores de una épica aventura por la vida que se saldó, 19 días más tarde, con su rescate por un barco japonés.

En Tenerife, sus familias, sin es-peranzas ya de que los hallaran con vida, los habían enterrado y se preparaban para vivir con sus recuerdos. Pero el destino, la fortuna o las continuas invocaciones a la Virgen de Candelaria, de Las Nieves y la Begoña dispusieron que regresaran a su tierra, casi 30 días después del naufragio, para confirmar a sus seres queridos que "la esperanza es lo último que se pierde".

Aguantaron el hambre, la sed, la desesperanza, varios intentos de suicidio..., pero la fortaleza, el apoyo mutuo y las ganas de vivir de ambos hicieron posible el milagro de que hoy, en la madurez de sus vidas, incluso sonrían cuando relatan una épica odisea que tiene a la humildad y el trabajo como baluartes de las gentes del mar.

-¿Se creen, después de 29 años, la fortuna que tuvieron?

-No. Fue un milagro. Todavía nos preguntamos cómo estamos aquí.

Tras la explosión, y después de tanta agonía abordo, Imeldo, un hombre de la mar de toda la vida, "desde muy pequeñito", tal y como él mismo se define, logró alcanzar una de las balsas del barco y soltarla. Una vez en alta mar, y en medio de una fuerte crisis de ansiedad -gritos y lloros-, logró auparse a la balsa (se encontraba a unos 50 metros, aproximadamente). Pero, tal y como asegura el propio Imel-do, "no me imaginaba que, al poco tiempo, iba a aparecer uno de mis compañeros". Precisamente, el que menos esperaba: Epifanio, el de Taganana. "Apareció a la izquierda de mí, rozando la balsa. Creí que estaba muerto. Sangraba por todos lados", asevera Imeldo Barreto León con la cabeza gacha. No obstante, recuerda que él, a bordo, nunca hablaba con Epifanio. "No era mi amigo", pero, claro, "cómo no iba yo a salvarlo", apunta este superviviente natural de Punta del Hidalgo en un tono humorístico (ambos se miran durante la entrevista y se echan a reír).

Epifanio había perdido el conocimiento tras los golpes sufridos durante el hundimiento del petrolero. "Empecé a reanimarlo du-rante 30 segundos hasta que, de repente, empezó a llorar", afirma Imeldo a la vez que suspira (en este instante del relato se produce un silencio). Epifanio Perdomo estaba vivo. "Increíble, no me lo explico", dice. Pese a que estaba en muy mal estado, poco a poco comenzó a re-cuperar el conocimiento. "No sabía ni dónde estaba", asegura Epifanio. A partir de ahí, se abría una puerta, y no la de la esperanza, precisamente, a lo que ahora ellos recuerdan como los momentos más amargos y duros de sus vidas. Los 19 días a la deriva, sin comida y sin agua. A la intemperie.

-¿Cómo sobrevivían?

-Nos comíamos el hígado del pescado. Para matar la sed, chupábamos los ojos de los peces.

-¿Cómo fueron los primeros días?

-Muy tristes. Ya se lo puede imaginar. Pasamos mucho frío. De hecho, te-níamos que acurrucarnos el uno con el otro. Fue muy duro (insisten constantemen- te).

Ambos coinciden en que cuando llegaba la oscuridad, "nos entraba mucho miedo". Relatan, además, que durante la primera noche "teníamos la esperanza de que al día siguiente nos recogiera un barco". Y es que ambos pensaban que se trataba de una zona de mucho tránsito. No fue así, desde luego. Fueron unos primeros días de auténtica desesperación, de tristeza. "Las Navidades -aún en el carguero- las pasamos muy bien; comimos un montón, hasta chuletas asadas", indica Epifanio mientras se ríe a carcajadas (no dejan de hablar y recordar entre ellos). Y es que, tal y como los protagonistas de esta odisea manifiestan, "quién nos diría que seis días más tarde íbamos a estar en otro mundo". Así fue. A la deriva y sin rumbo. En una balsa de plástico, de pequeñas dimensiones. Sin apenas noción del tiempo, de las horas. Bajo un peligro constante.

-¿Llegaron a temer por sus vi-das?

-Ufff... Al principio no teníamos esperanza. Era increíble. Te acuerdas, Imeldo, cuando se acercaban los tiburones, los delfines. Llegaban a medir hasta casi seis metros.

De hecho, añade Epifanio, "al-guno que otro estuvo a punto de caer dentro de la balsa". Al margen del hambre y la sed, el frío al que estaban sometidos se acentuaba porque "no teníamos ropa".

-¿Durante la deriva, pasaron días de tormenta?

-Ocho días. Fue horroroso. Tu-vimos que amarrarnos a la propia balsa, porque, incluso, llegó a partirse. Estuvo a punto de hundirse. Todo lo hacías tú, Imeldo. Yo no podía. Estaba todavía herido. Así, día tras día...

Pasaban las horas y la esperanza se alejaba al mismo ritmo que la embarcación. Los días eran muy largos. Interminables. "Hablábamos mucho, aunque a veces nos peleábamos". En este sentido afirman, por ejemplo, que un día se pelearon porque Imeldo quería matar a un ave para comer y Epifanio se negaba. "Ahí sí que nos peleamos de verdad", apunta Imel-do como anécdota.

-¿Qué se les pasaba por la cabeza?

-De todo. Llegamos a ver hasta islas imaginarias. Empezábamos a remar, y nada. Imaginaciones nuestras. Al final eran nubes.

Y es que la balsa iba a una velocidad de espanto. Aunque eso sí, para ellos siempre se hallaba en el mismo sitio. Imeldo estaba ya aburrido.

-¿Les fallaron las fuerzas y las esperanzas en algún momento?

-Varias veces. No aguantaba más la agonía. No tenía ganas de seguir. Había días en los que perdía la esperanza, aunque, eso sí, luego la recuperaba.

-¿Y usted, Epifanio?

-No. Yo siempre pensaba en la Virgen de Candelaria, en la de Las Nieves. Cuando Imeldo se lanzaba al mar, le decía: "¡Imeldo, Imeldo, no me dejes solito!".

A los trece días a la deriva, y de noche, las luces de un barco, a una larga distancia, ponía en alerta a estos náufragos. "Intentamos tirar bengalas, pero estaban mojadas". Por si fuera poco, la suerte tampoco acompañaba. La única alternativa que tenían en ese momento era la linterna. Pero, claro, "el barco estaba muy lejos", precisa Imeldo Barreto León. Habían perdido la oportunidad de sus vidas. Y nunca mejor dicho.

-¿Cuándo vieron el final del tú-nel, la ansiada salvación?

-A los diecinueve días. Estaba acostado y, de repente, oí un ruido muy fuerte debajo de la balsa.

Lo que oyó Epifanio no era un tiburón, ni uno de esos delfines a los que tanto temían. La otra vida, la buena, parecía estar cerca. Efectivamente, un barco rodeaba la zo-na. Un pesquero con bandera japonesa, el "6 Hachi-Ho-Mauro". Así se llamaba.

-¿Cómo fue ese momento?

-Pues cuando escuché el ruido, le dije a Imeldo: "¡Hay un barco cerca de nosotros! No tardó ni dos segundos en levantarse de la balsa. Luego, empezamos a darle besos volados a los marineros.

-¿Y luego, qué hicieron?

-Empezamos a hacer señas. Gracias a que yo (Imeldo) tenía alguna noción de inglés. Comenzamos a limpiar el petróleo que tenía la balsa para que el pesquero japonés conociera el nombre del barco o la tripulación a la que pertenecíamos. Era nuestra mejor seña de identidad.

Los protagonistas de esta espeluznante aventura hacen memoria y cuentan que, cuando fueron rescatados, los japoneses (lo cuentan indignados) pretendían dejar la bal-sa en alta mar. "Nos negamos completamente", señala Imeldo. Es ta-jante en su afirmación. De hecho, aún conserva la balsa en su domicilio. Es una "reliquia".

-Una vez en el barco, ¿qué fue lo primero que les dieron de comer o de beber?

-Nos dieron té, café y leche. Cuando me lo bebí (dice Epifanio), y me llegó al estómago, empecé a marearme (mientras, se ríe con su compañero Imeldo).

Además, no deja pasar por alto lo primero que le dijo a su compañero: "¡Imeldo, Imeldo, me voy a morir!". Seguidamente, los tripulantes de esta embarcación procedieron a asear a los dos náufragos. Y es que estaban en muy ma-las condiciones. Imeldo, por ejemplo, era puro petróleo. En este sentido, Epifano subraya que "a mí me bañaron como a un niño. Yo ya no podía más".

-¿Estaban ya más tranquilos?

-Para nada. Teníamos miedo que en cualquier momento estos japoneses no tiraran de nuevo al agua.

En este instante, y mientras lo cuentan, Epifanio e Imeldo rompen a reír durante unos minutos.

Pasaron siete días con los japoneses. No llegaba la hora de tomar tierra. 30 días después estos dos tinerfeños pisaran por fin su tierra.

Critican el libro que relataba su odisea, "porque no contaron con nosotros", y les gustaría dedicar esta entrevista a los compañeros que nunca pudieron contarlo.

Mañana, lunes, a las 20:30 horas, en Radio El Día, los protagonistas relatarán con sus propias voces esta aventura por la vida.