Santa Cruz de Tenerife

El milagro de las aguas

Tras el aluvión que casi acaba con La Concepción, dos pequeños milagros devolvieron la esperanza: el archivo quedó intacto y dos imágenes sagradas se salvaron contra toda lógica.
31/mar/07 2:33 AM
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31 de marzo de 2002.- Una tormenta, en apariencia poco peligrosa, se instala en el municipio de Santa Cruz de Tenerife, descargando lluvia con fuerza. Comienza a llover entre las 15:00 y las 16.00 horas y escampó una media hora para luego continuar con fuerza hasta las 20:00 horas, descargando 224 litros de lluvia por metro cuadrado. La lluvia provoca cortes de luz y de teléfono a unos 50.000 usuarios. Se crea el centro de mando en las dependencias de la Policía Local, con el alcalde al frente, y se decide impedir la entrada de vehículos a Santa Cruz. El puerto de Santa Cruz se queda sin actividad y en el aeropuerto de Los Rodeos se suspenden los vuelos. Se habilita el recinto ferial para acoger a los vecinos de las zonas más afectadas. Protección Civil aconseja desalojar varios edificios ante el peligro de derrumbe.

1 de abril de 2002.- Las primeras estimaciones oficiales hablan de 6 muertos, 120 heridos y un desaparecido. El Gobierno de Canarias decreta 3 días de luto por las víctimas y los acontecimientos. Llegan a Tenerife autoridades nacionales para evaluar los daños. Se hace un llamamiento a la población para que evite circular por Santa Cruz para no entorpecer las labores de desescombro y limpieza. Se suspenden las clases en los centros de Primaria, Secundaria y FP en el municipio. Más de 800 personas siguen alojadas en el recinto ferial. Las comunicaciones marítimas se restablecen en las dársenas del puerto de Santa Cruz. Se anuncia que los servicios de luz y teléfono tardarán unos días en restablecerse. Valleseco, María Jiménez y El Suculum son abastecidos de agua mediante cubas.

2 de abril de 2002.- Se busca a José Domingo Rodríguez. Se desaloja Residencial Anaga por la amenaza de desbordamiento de la charca de Fumero. EL DÍA promueve una colecta ciudadana y abre una cuenta pro-damnificados en CajaCanarias con 12.000 euros para los afectados. El primer estudio oficial habla de 350 viviendas afectadas y 2.000 damnificados. La charca de Fumero se vacía por la tarde. 38.000 alumnos siguen sin clases. 5.000 personas siguen sin suministro eléctrico. La telefonía fija queda restablecida.

3 de abril de 2002.- El Cabildo concede, con carácter de urgencia, 2.000 euros por familia afectada. Se crea un dispositivo de búsqueda en la desembocadura del barranco de San Andrés, donde se halla un vehículo en el que podría estar José Domingo Rodríguez, pero no se encuentra el cuerpo. Las primeras estimaciones hablan de unos 90 millones de euros en pérdidas. Quedan 5 afectados en los centros sanitarios. Al día siguiente los estudiantes vuelven a clase.

4 de abril de 2002.- Aparece el cuerpo sin vida de Diego Santana, en el barrio de La Alegría. El Cabildo adjudica 900.000 euros para acometer obras en las carreteras afectadas y el Consejo de Ministros aprueba el primer paquete de ayudas para los afectados. Concave y Cáritas entregan los primeros vales de ayudas a 15 familias afectadas por las lluvias.

G. MAESTRE, S/C de Tenerife

Habrá muy pocos tinerfeños que no recuerden el lugar exacto en el que se encontraban el 31 de marzo de 2002 porque es una fecha que ha quedado grabada en el recuerdo para siempre.

El miedo a lo desconocido, la incertidumbre, las primeras imágenes, la ausencia de electricidad, el sentimiento de indefensión fue generalizado. Sin embargo, en la iglesia de La Concepción de Santa Cruz las sensaciones fueron bien diferentes. Casi no hubo tiempo para reaccionar porque estaba en juego algo tan preciado como la Historia del pueblo chicharrero.

Don Mauricio González es el párroco y, tal vez por ello, o más bien por el profundo sentimiento que lo une a su parroquia, se siente responsable de custodiar y salvaguardar todo lo que este templo y su contenido suponen.

"Hubo tres grandes afectados ese día: el templo, que apenas sufrió daños de envergadura, pese a que el agua cogió una altura de más de un metro; los enseres y ornamentos, que en su mayoría se perdieron por- que al tratarse del Domingo de Pascua estaban expuestos y los que no lo estaban se pudrieron dentro de los cajones que, hinchados por la cantidad de agua que entró, no se pudieron abrir hasta varios días después, y la biblioteca, que en su mayoría desapareció, salvo una veintena de ejemplares de valor que pudieron ser restaurados", explica con resignación el párroco.

Sin embargo, el peligro estuvo tan cerca del Archivo Parroquial que desde aquel fatídico día don Mauricio le pide a Dios que evite que algo así pueda volver a suceder. "El valor del archivo es que buena parte de la Historia de Santa Cruz está aquí y en ningún otro sitio, porque hubo un largo tiempo en que determinadas cosas sólo se escribían en la iglesia. Hay documentación que hace referencia a épocas inmediatamente posteriores a la Conquista y llega hasta la actualidad, de manera que mientras no se terminen las obras de las nuevas dependencias, le pido al Señor que no ocurra nada más. Sé que los libros se podrían llevar a otro sitio más seguro y de hecho ya me han pedido que lo haga, pero yo no quiero, porque pienso que si aquí está el objeto y el libro habla de ese objeto, éste tiene que estar lo más cerca posible; es como si tú en tu casa tienes unas prendas buenas y las pones en un depósito, sabes que las tienes pero no sientes que las tienes. Esto es igual".

Es duro para este entrañable cura recordar aquellos momentos trágicos, pero se sorprende al pensar que sacó un inusitado valor y una inexplicable fuerza cuando vio que el agua crecía y "me acordé de una imagen de San José, obra de Luján Pérez, y sin pensarlo me zambullí en el agua como si fuera una piscina, pero de agua extremadamente fría y lodo. Lo localicé flotando así que aún no sé cómo lo fui empujando hasta que lo pude salvar. Luego me acordé de otro San José, tal vez no tan bueno y mucho más sencillo puesto que era de yeso y lo di por perdido con suma tristeza, cuál no fue mi asombro al encontrarlo en perfecto estado en un rincón a varios metros de donde estaba originalmente después de haber cruzado ni se sabe cómo todo un pasillo", y una sonrisa invade el rostro del párroco, ya que al fin y a cabo le satisface pensar que en su propia parroquia ha habido algo así como dos pequeños milagros entre tanto desastre.