Santa Cruz de Tenerife
JORGE ROJAS HERNÁNDEZ

La riada

EL DÍA inicia hoy la publicación de la última obra del escritor tinerfeño Jorge Rojas Hernández, "La riada", una crónica novelada de aquellos luctuosos sucesos que entristecieron la vida de la Isla hace hoy exactamente cinco años. Los próximos capítulos se reproducirán en la edición de los lunes hasta su finalización.
Presentación
31/mar/07 2:34 AM
Edición impresa

No tan prolífico como Paul Auster, pero casi, el veterano escritor santacrucero Jorge Rojas Hernández nos ha premiado durante años con sus animadas novelas, con títulos de ficción cargados de intriga, enredo e imaginación. Se puede comprobar buceando en su bibliografía. Tras rememorar ?Convergencia?, su primera novela y primer galardón, hasta la fábula ?Diluvio?, una de las últimas, sin olvidar ?Impacto?, ?El último nazi?, ?El mensaje?, ?Un soplo divino?, ?La fuga?, ?Espejismo? o ?El linchamiento?, entre otras, un único pensamiento fluye a mi mente: envidia. Envidia sana ?nunca lo es? por la gran pasión que Jorge Rojas siente por la escritura, por colmar de colorido incontables folios blancos con un pincel que rezuma ingenio y creatividad infinitos. ?La escritura es la pintura de la voz?, dijo Voltaire, y no cabe duda de que el autor chicharrero lidera la nómina de sus más aventajados alumnos. ?La riada? aporta algo más que sus anteriores títulos. Amén de una trama original, basa la novela en unos hechos reales sucedidos, tristemente, el 31 de marzo de 2002, cuando la fatalidad quiso que un auténtico diluvio descargara sobre Santa Cruz de Tenerife, La Laguna y otros puntos del área metropolitana, dejando tras de sí el trágico resultado de ocho personas muertas. Los datos reales los rescata Jorge Rojas de las crónicas aparecidas en el periódico EL DÍA, del que, por cierto, es colaborador habitual, y sobre tal base construye un mundo de intriga, acción, investigación y amor. Amor por nuestro entorno, figurado o no, y por los hombres y mujeres de a pie que configuran la sociedad tinerfeña. Todo ello lo plasma con maestría, con fluidez, con un lenguaje sencillo y actual, con indiscutible talento, no sólo ya en sus narraciones, sino también en los diálogos, aspecto que domina sin fisuras. El autor me ha pedido una presentación, no un resumen, por lo que no desvelaré ni el nudo ni el desenlace de la obra para que los lectores gocen del alma de esta creación literaria, pero sí me referiré a una escena que llamó poderosamente mi atención tanto el día en que nuestro periódico publicó la imagen como al reencontrarla entre las historias de ?La Riada?: se trata de la fotografía de una de las grutas del barranco de Santos en las que se adivinaba la mano y el antebrazo de una persona. ¿Qué fue de ella?, ¿logró sobrevivir?, ¿falleció?, ¿engrosó la fatal nómina de finados? La fantasía y la curiosidad invaden todo mi ser, al igual que me ocurrió, y les sucederá a ustedes, durante la lectura de la novela, porque las dosis de entusiasmo se elevan con proporcionalidad directa al discurrir del relato. Agrada el argumento, el perfil de los personajes ?qué bien dibujados? y el escenario, que no es otro que nuestra propia ciudad, la tierra que nos vio nacer y en la que diariamente interpretamos nuestra propia historia. Reconforta reconocer todos los lugares, los parques, las calles, puentes y avenidas, las instituciones y aquellos rincones que configuran nuestro entorno. Y tonifica que los haya plagado de historias cotidianas, de historias humanas que habitaban la mente de Jorge Rojas, pero que bien pudieron sucederse en la capital el día del desastre y posteriores. ¿Por qué no? ¿Dónde radica el límite entre la realidad y la ficción?

Joaquín Catalán Ramos,

subdirector del periódico ELDÍA

Por la mañana, tanto los habitantes de la Capital, Santa Cruz, como los miles de tinerfeños que habían pasado la Semana Santa fuera de sus hogares, sobre todo en las playas del sur de la isla, leyeron en los periódicos el pronóstico del tiempo, sin pasarle a ninguno por la mente que la realidad sería muy distinta a la que se presagiaba. En efecto, aquella ligera nubosidad y chubascos débiles que se anunciaban permitían albergar la posibilidad de tomar todavía algún baño durante la mañana, antes de emprender el regreso. El agua no estaría demasiado fría y siempre resultaría más agradable volver a la ciudad con la frescura del mar en la piel. Cierto que a lo largo de la semana, según la zona, el sol había alternado con las nubes, pero la temperatura había sido bastante grata ?entre veintidós y veintitrés grados? y mal que bien todos se sentían satisfechos después de aquellos días de asueto. Con la vida tan ajetreada que se llevaba, había tan pocas oportunidades de estar con los hijos ?por las mañanas en el colegio y por las tardes en actividades extraescolares?, charlar con los amigos y disfrutar de los paseos por la playa, que las minivacaciones sin duda alguna servían, como suele decirse, ?para cargar las pilas?. Ciertamente con esa actitud todos colaboraban en cierto modo a que la Semana Santa perdiera la brillantez de antaño, pero eso, decían muchos para disculparse, ?era una consecuencia de los tiempos que se vivían?. De todas maneras, en los lugares turísticos por excelencia, conscientes los párrocos del cambio de mentalidad que sufría la población, los actos religiosos del Jueves y Viernes Santo y del domingo de Resurrección estaban adquiriendo cierto esplendor, hasta tal punto que las iglesias esos días solían estar muy concurridas. Pero llegada la hora del retorno al hogar, mentalizados todos por los constantes avisos de la Jefatura de Tráfico sobre los posibles atascos en las carreteras si se decidía llevarlo a cabo a última hora de la tarde, nadie, sin embargo, pudo imaginar lo que a partir de las tres de aquel malhadado día ?domingo, 31 de marzo de 2002? las fuerzas de la naturaleza iban a protagonizar; por una vez, más les habría valido a todos permanecer unas horas más en sus apartamentos, pues de ese modo se habrían evitado innumerables problemas, aunque bien es verdad que ese alivio quizá habría sido sustituido por la angustia y la congoja al carecer de noticias de sus seres queridos. De cualquier manera, en sus manos no habría estado la posibilidad de remediar lo sucedido pues contra la furia de la naturaleza nada puede hacer la sabiduría humana. Cuando se desatan los elementos, los cielos se cubren de nubes amenazadoras y soplan los vientos ululantes; cuando el estruendo de los truenos y el resplandor de los relámpagos y los rayos todo lo iluminan, a los vivientes sólo nos es posible esperar que no nos afecten las desgracias que estas manifestaciones apocalípticas suelen traer consigo.