Santa Cruz de Tenerife
UN CUENTO PARA CLARA

El pirata que no sabía ni popa

El presente relato lo escribió José H. Chela como obsequio para Clara Belín, de doce años, hija de nuestro compañero Francisco Belín. Con firma de puño y letra, en fecha de marzo de 2008, puede afirmarse que fue una de sus últimas obras literarias, si no la última. Homenaje este al que fue colaborador de EL DÍA.
UNA COSA
6/abr/08 20:07 PM
Edición impresa

es la vocación, otra la devoción y una tercera es la preparación. Es importante disponer de una formación al menos aceptables para encarar una profesión. Un pescador debe saber de cañas, anzuelos, cebos y redes por ejemplo. Y de arpones tal vez. Un agricultor ha de saber de semillas y de papas, un suponer, y cuando se dice de alguien que no sabe ni papa, difícilmente ese alguien podrá aspirar a ganarse la vida en el campo y dándole al sacho.

Aunque no todas las historias de gentes abocadas al fracaso en el campo laboral en el que anhelan destacar tienen que acabar, necesariamente, mal. Lo bonito de los cuentos es todo lo contrario. O sea, que terminen bien.

Y, más o menos, eso puede decirse que sucede con la historia -real, auténtica, aunque aquí la presente como un relato imaginario- de Emerindo González, el joven primogénito de una familia campesina de Igueste de San Andrés (Tenerife) llamado a convertirse el primer pirata natural de aquella localidad, mucho antes de que surgiera en el mismo pago la figura ya casi legendaria de Cabeza de Perro, cuya crueldad y cuyas barrabasadas marineras permanecen en la memoria de los canarios y en las páginas más truculentas del filibusterismo.

Mediaba el siglo XVIII cuando Emerindo, que solía sentarse en lo alto de una escarpada peña cercana a su poblacho, para contemplar, extasiado, allá abajo, en el azul del océano, el lento pasar de los buques de enormes y airosos velámenes, dijo a sus padres que estaba dispuesto a ser pirata.

La madre se encogió de hombros, pero el padre, un agricultor deslomado y cansado hasta la médula de sus ingratas y poco fructíferas tareas, tuvo fuerzas aún para sonreír irónicamente:

-¿Pirata tú?... Pero, ¿qué dices, hijo mío?... Si ni siquiera sabes nadar...

Emerindo González no respondió al comentario despectivo de su progenitor. Pero, esa noche se fue de casa. Lo que el progenitor de Emerindo no sabía era que su joven vástago había convencido a unos amigos, aspirantes a navegantes y aventureros también, para hacerse al día siguiente con el control de un precioso navío -no me pregunten si un bergantín, porque no lo cuentan los narradores- amarrado en el muelle de Santa Cruz, a cuya tripulación emborracharían a base de ron adulterado (todavía no se había inventado la cocacola), de modo que tuvieron que adulterarlo con otra cosa).

Tiraron a los marineros drogados por la borda y pusieron rumbo al horizonte tras desprender los cabos del noray.

-¿De qué? -preguntó intrigado Emerindo.

-Del noray -repitió el más enterado del grupo, pero la ignorancia acerca del término de quien se había erigido en jefe del grupo le pareció preocupante. Si bien no hizo comentario alguno.

Querida Clara: por si tú tampoco lo sabes, un noray es esa pieza chata metálica y negra que hay en los puertos y a los que se atan los barcos con fuertes y robustas sogas (los cabos, ya te digo).

De cómo llegaron al primer puerto en el que recalaron (tampoco sabían de qué puerto se trataba) no puedo dar muchas razones, porque ni siquiera los novatos marinos estaban muy seguros de cómo lo habían conseguido, si no fue por la intercesión de algún santo pirático que obró un milagro o por esos prodigios que a veces producen los vientos alisios llevando en volandas hacia destinos seguros a los insensatos que desconocen del todo el arte de navegar.

Pero, allí, en aquel puerto, encontraron piratas auténticos, sin nada que perder, desesperados, aburridos, dispuestos a enrolarse, aunque el capitán del barco -que no estaba mal; el barco, digo- no les mereciese demasiado crédito o confianza.

Emerindo, mientras, para darse tono se había puesto unos zarcillos en la oreja y había adquirido un búho, a falta de loro, que se pegó con cola en el hombro para que saliese volando. El avechucho se pasaba el día dormido, pero por la noche abría mucho los ojos, aunque permanecía mudo y se negaba a emitir cualquier palabra que no fuese:

-Uhhhhh.

Los piratas recién enrolados le dieron un aire de formalidad al buque y aportaron un elemento indispensable en la imagen de la nave: una bandera negra con la calavera y las tibias cruzadas. El estandarte estaba un poco sucio y ajado, pero eso significaba, justamente, que había sido usado, lo que podía infundir, sin duda, mayor temor a quien lo contemplase acercarse a través de un catalejo.

Uno de los nuevos tripulantes, apodado Ojo de Jade, le preguntó a Emerindo el nombre de los tres barcos que había abordado, pero el capitán confesó que aún no había tenido ocasión de vivir la emoción de un abordaje:

- Entonces -insistió Ojo de Jade - ¿Por qué luces tres pendientes?

Y es que Emerindo, por no saber, no sabía siquiera que los zarcillos en las orejas de los piratas, corsarios y filibusteros, no son un caprichoso adorno, sino que, cada uno de ellos, es la prueba y constatación de haber asaltado con éxito una nave y haber liberado una batalla cuerpo a cuerpo, sable a sable, con el enemigo.

Pronto los piratas comprendieron que su nuevo capitán no sabía, literalmente, ni popa. En realidad, la confundía con la proa. Y jamás aprendió qué lado del era babor y cuál estribor. En realidad, cuando daba una orden al timonel, gritaba muy serio:

- ¡A la izquierda!... ¡A la izquierda!

O:

- ¡Todo a la derecha! - en lugar de todo a estribor.

Y eso desconcertaba mucho al hombre que manejaba el timón, porque a los marinos de verdad les pasaba lo contrario que a las gentes de tierra adentro: que o les dices a babor o no se enteran.

La falta de conocimientos marineros de Emerindo se hacía más patente cada día. Creía que el mascarón de proa tenía algo que ver con el carnaval y que el bauprés era un instrumento complementario de la brújula. Los viejos lobos de mar que viajaban a sus presuntas órdenes se reían a su costa y lo desconcertaban con todo un vocabulario que estaba lejos de las entendederas del isleño.

- Jabeque, caramuzal, salisipán, charanguero, candray... - le recitaban, y Emerindo se ruborizaba porque no entendía ni popa.

En realidad, los piratas de verdad podrían haberse hecho con el control de La Azucena del Mar, que así se llamaba el buque, aunque fuese una cursilada para una embarcación dedicada a la piratería. Pero, se limitaban a no hacer ningún caso al hipotético y perdidísimo titular del mando. Un mando que recaía, a la hora de la verdad, de las órdenes y de las decisiones, en el segundo de abordo, un tal Rico Marsella, de aspecto feroz, y en su lugarteniente Ojo de Jade.

Fueron Ojo de Jade y Rico Marsella quienes decidieron el abordaje a un mercante español en aguas cercanas a Haití. La operación fue cosa de coser y cantar, porque los abordados apenas ofrecieron resistencia y permitieron que sus asaltantes se llevaran todos los tesoros (tampoco demasiados) que transportaban. Marsella y Ojo de Jade decidieron no hacer prisioneros, dejaron que el carguero desvalijado continuara su ruta. No hubo muertos ni sangre ni heridos, pero Emerindo no quiso saber nada del asunto y durante todo el incruento enfrentamiento permaneció en su camarote tapándose los oídos para no escuchar la escandalera del combate ni -si los hubiese- los gritos y lamentos de las víctimas.

Celebraron el éxito de la aventura con mucho ron y muchas canciones y, aprovechando el ambiente festivo, Emerindo le pidió a Rico Marsella que los condujese a Tortuga, porque no quería acabar su vida de pirata sin conocer la mítica isla. El marsellés accedió solamente cuando su capitán le ofreció -pero no se lo digas a nadie, qué pensarían de mí, suplicó en un susurro- prácticamente toda su parte del botín obtenido tras el ataque al carguero.

Según el barco se iba acercando a Tortuga, cuando ya la silueta que la Isla emergía sobre el horizonte marino, el iguestero tuvo un pálpito positivo, el presentimiento de que su curiosidad por visitar aquel enclave pirático por excelencia obedecía a una jugada planteada por el destino.

La famosísima y hasta mítica ínsula no le defraudó. Era como la había imaginado: tan exuberante por su paisaje como por su personalidad y por el carácter de sus moradores, fuesen estos vitalicios o coyunturales. Allí conoció, durante los primeros días de estancia, a legendarios bucaneros, feroces corsarios, temibles bandidos forjados en siete mil peleas: a mil peleas por mar. Gentes que contaban sus homéricas hazañas y presumían de sus crímenes -a veces horrendos- en medio de estruendosas carcajadas, con las pupilas encendidas por el reflejo de las hogueras, mientras el ron babeaba por entre las pelambreras de sus barbas... Y allí, en Tortuga, al quinto día de su llegada, Emerindo conoció a Gisela Van Damme, La Sirena Sangrienta, una mujer pirata que había atemorizado a los más aguerridos miembros masculinos de su profesión. Gisela La Sangrienta, algo mayor que Emerindo, pero no mucho, se había retirado de la vida marinera hacía un par de años, había dulcificado su carácter y había trocado la espada y el pistolón por la jarra de cerveza y el licor de caña que despachaba en uno de los más afamados garitos isleños: El Barril de Oro.

Si digo que lo sucedido entre Emerindo y Gisela sólo puede calificarse de repentino flechazo, no exagero un ápice. Hay frases hechas que lo explican todo mejor que cuatro páginas de engorrosas descripciones. Cuando sus miradas se cruzaron en la penumbra del Barril de Oro, el curtido corazón de la ex piratesa (a ella le gustaba que la llamasen así) se desbocó como un alazán enloquecido, en tanto que Emerindo enmudeció ante la hermosura un tanto desaforada, plena de redondeces y hoyuelos, de la Sirena, atenazado a la vez por el hipnótico atractivo de aquellos ojos color esmeralda.

No hubo retorno para el pirata que no sabía ni popa. Emerindo se quedó para siempre en tortuga y allí murió, feliz, a los 76 años de edad, rodeado de cariño y de respeto. Allí permaneció desde su llegada, tras dejar su barco bajo la responsabilidad y el mando de Rico Marsella, entre los cálidos y amorosos brazos de Gisela, ayudando a su suculenta compañera en las tareas propias del negocio. Y Gisela descubrió -descubrimiento compartido gozosamente por el propio canario- que su amado había equivocado la vocación. Nunca habría llegado a ser un buen pirata, un pirata competente, pero pronto se reveló como un magnífico cocinero y cuando las tripulaciones de las naves proscritas alcanzaban las costas de la Isla-refugio corrían hasta El Barril de Oro, a degustar, porque se habían hecho célebres en todo el orbe de la piratería, las especialidades culinarias del Sireno -como acabaron llamando a Emerindo-, entre las que destacaba el filete de tiburón del país al mojo hervido, del que todavía hablan hoy admirativamente los turistas de ropajes vistosos, cómodos y floridos, que visitan Tortuga.

José H. Chela

Marzo 2008

* Chela y Clara habían llegado a un acuerdo, en una ocasión que coincidieron en el mesón Chejota de Santa Cruz: El escritor le regalaba un cuento y la niña un dibujo, como así se produjo finalmente en justo intercambio.