Criterios
JOSÉ VICENTE GONZÁLEZ BETHENCOURT*

Cuando el hombre usa a la mujer como mercancía

2/dic/18 6:37 AM
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Tenía yo unos 17 años cuando mi padre me acompañó a Cádiz para iniciar los estudios de Medicina, y al llegar al Colegio Mayor Beato Diego, observó que éste estaba en una zona de cuarteles militares y próximo a unas calles donde a su paso como soldado en la Guerra Civil supo que se ejercía la prostitución. Me habló de la sífilis, de las purgaciones y de las calamidades que vio padecer a muchos soldados, dado que él había servido en Sanidad. "Hijo mío, me dijo, tu del Colegio Mayor a la Facultad, y de la Facultad al Colegio Mayor". Obviamente, asentí, y le hice caso.

Al cabo de unos años, por razones económicas, no pude continuar en el Colegio Mayor y viví una de las experiencias habituales en aquella época de los estudiantes canarios, la búsqueda de una pensión algo confortable, o que al menos tuvieran ducha con agua caliente, que solía pagarse aparte. Y en ese devenir fui a dar a una donde al poco tiempo me enteré que una prostituta también allí vivía. Como a veces estudiaba de madrugada, una noche de sábado toca a mi puerta una mujer bien parecida, morena, alta, que reconocí como una de las que decían que se dedicaba a la prostitución. Me preguntó qué hacía a esas horas despierto, y si podía pasar. Adelante, le contesté. Entró algo desaliñada, y el fuerte olor a perfume barato, alcohol y tabaco, me impactó. Se sentó, se desprendió de unos zapatos de enorme tacón, y en pocos minutos me habló de su vida. Era portuguesa y trabajaba en un cabaret del barrio del Pópulo de Cádiz, el Pay Pay, muy famoso y frecuentado entonces. Tras aconsejarme que estudiara para no verme como ella, se fue a dormir.

A los pocos días vuelve a mi habitación, a contarme de su vida, que me veía como un hijo, y reconoció estar muy deprimida, me describió las barbaridades que tenía que soportar de muchos clientes, que no quería continuar así, pero tenía familia en Portugal que alimentar, algún hijo creo recordar. Nos hicimos amigos, y por ella supe de la realidad de la prostitución en Cádiz, donde, en su caso, al trabajar en un cabaret, era algo privilegiada, pero en otros, vivir entre miseria era lo habitual.

Un día me despedí de ella. Había encontrado otra pensión más aceptable con otros estudiantes de los que recibí cariño y compañía. Me abrazó con un gesto triste. Transcurridos unos días, preocupado por ella, me acerqué a saludarla. No estaba en su habitación, pregunté a la dueña de la pensión, y, encogiéndose de hombros, me dijo que se había ido sin dejar rastro ni dirección. "Es lo que suelen hacer, pero no me quedó nada a deber", añadió.

De regreso a trabajar en el Hospital General y Clínico de Tenerife en 1972, con unos amigos en alguna ocasión fui a las salas de fiesta como La Caracola y Tabares o a la calle Miraflores, simplemente para pasar un rato, algo entonces habitual, y en mi caso porque tenía curiosidad por conocer ese ambiente, pero como presencié ciertos gestos y comentarios irrespetuosos hacia las mujeres que allí trabajaban, no volví nunca más. Muy mal aquellos hombres que presumían de reírse o estar con ellas, y a mi memoria volvieron las penalidades que contaba la amiga portuguesa en Cádiz. Detesto a los hombres que usan el cuerpo de la mujer como mercancía, que las traen engañadas a Canarias y las obligan a prostituirse, porque solo con ellas consiguen un poder que por sí mismos no tienen, y por eso estoy en contra de la prostitución como poder entre los sexos, y detesto a todos aquellos que se lucran de ella con pisos, burdeles, hoteles, casas de masajes, artículos sexuales, pornografía, etc.

Una explotación en Canarias de las más débiles, mujeres de Latinoamérica, África subsahariana, Bulgaria, Rumanía o Rusia, que, tal como declaró a EL DÍA la profesora de Sociología Esther Torrado, lo soportan todo porque necesitan enviar dinero a sus familias, sufriendo violencia tanto de los proxenetas como de los clientes, habiendo sido violadas muchas de ellas en su infancia, incluso por sus padres, tíos y vecinos. Y a esta explotación una sociedad que se precie tiene que poner fin.

*Doctor en Medicina y Cirugía. Exsenador. Coordinador federal de Sanidad del PSOE

JOSÉ VICENTE GONZÁLEZ BETHENCOURT*