Sociedad

¿A qué edad se jubilaban los aborígenes?

El paleontólogo español Juan Luis Arsuaga invitó ayer al arqueólogo y antropólogo James O'Connel a que diera a conocer la vida de los últimos reductos de cazadores-recolectores.
V. Pavés
21/sep/18 6:26 AM
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Juan Luis Arsuaga (i) y James F. O'Conell./M. PISACA

V. Pavés

Una niña nacida en 1.900 en Australia central tendría aún las mismas costumbres que sus antepasados hace 10.000 años. Como los que pisaron esa tierra antes que ella, cuando creciera sería cazadora-recolectora, más bien esto último. Al nacer ya estaría predestinada a un hombre con el que se casaría a los 14 años -una vez alcanzara la edad fértil- y con el que tendría 6 hijos entre los 18 y los 40 años, justo antes de padecer la menopausia. Este evento sin embargo, no significará el final de la actividad de esta ya mujer, que seguirá trabajando como recolectora hasta aproximadamente los 60 años, cuando moriría.

Si en lugar de una niña, el caso fuera el de un niño, su vida sería muy tranquila hasta los 12 años -siempre y cuando supere los dos primeros años sin morir-, pero luego tendrá que entrenarse para convertirse en un "buen hombre", somentiéndose a duras pruebas físicas y aprendiendo arte, música y poesía hasta convertirse en un hombre. El resto de su vida se la pasará cazando y luchando por conseguir una mujer que le haga feliz.

Esta radiografía de la forma de vida de los cazadores-recolectores se puede hacer hoy gracias a las investigaciones de James O'Connel, un reconocido arqueólogo y antropólogo estadounidense que lleva más de 50 años estudiando el estilo de vida de los últimos reductos en el planeta de tribus de cazadores-recolectores.

En la noche de ayer, O'Connel y Juan Luis Arsuaga, paleontólogo español conocido por sus descubrimientos en Atapuerca, consiguieron llenar el salón de actos del Espacio Cultural de la Fundación CajaCanarias, durante el primer coloquio del Foro Enciende el Cosmos.

Arsuaga y O'Connel amenizaron la jornada transportando al público a una fotografía en movimiento de lo que pudieron haber sido los orígenes sociológicos de nuestra especie. "Hemos llegado a tiempo", insistió Arsuaga, quien se mostró emocionado por poder contar con la presencia de un "un testigo viviente de esos orígenes vivos".

Y es que O'Connel ha pasado gran parte de su vida estudiando los últimos reductos de culturas de cazadores-recolectores que hay en el mundo, concretamente en Australia, Nueva Guinea, Sahul y Tanzania. O'Connell afirmó que aún en nuestros días, "siguen existiendo comunidades de cazadores y recolectores", aunque son "supervivientes que viven en el mundo moderno y no del paleolítico". Supervivientes de la desaparición progresiva que desde la II Guerra Mundial se ha generado en todos estos reductos aborígenes.

En esta sentido, O'Connel ha tenido la suerte de convivir, compartir su tiempo y estudiar a distintas poblaciones antiguas, entre ellas los australianos. Una experiencia que le proporcionó una visión de nuestro pasado muy diferente a la que otros arqueólogos han podido acceder con el estudio de los restos de las civilizaciones.

De esta manera, recreó las principales actividades de estas comunidades: por una lado la recolección y por otro la caza, que como afirma eran igual de importantes para la supervivencia del colectivo. No obstante, su reparto entre hombres y mujeres era dispar.

"Siempre nos hemos fijado en la caza, que es representada con un palo hacia arriba y que se conoce como 'palo de cazar', sin embargo, muy pocos nos hemos percatado de que había otro, el 'palo de cavar' que representaba a los recolectores", explicó Arsuaga.

Así, O'Connel plasmó la razón de esta diferencia entre ambos sexos. De la caza se encargaban ellos porque era una actividad de alto riesgo. Además, "la caza de un animal grande se podía hacer una vez cada 30 días", como explicó el arqueólogo. Esto conllevaba a un gran "festín" para todos, pero no era sostenible en el tiempo. Para ello estaban las mujeres, quienes recolectaban alimentos, ya fueran hierbas, frutas o raíces, para poder alimentar regularmente a su familia.

Estos últimos testigos de la historia están desapareciendo y puede que nuestra generación sea la última en haberlos conocido a fondo. Pero así es como se conforma la historia, y los que nos siguen deberán descifrar nuestras costumbres, como hizo O'Connel, para poder entender su evolución.