Tenemos una novela, galería de fotografías, un vídeo, un guión para una serie, un monólogo, o quizás una idea para un disfraz de aspirante a Reina del Carnaval. Ese contenido es de nuestra propiedad, las leyes defienden nuestra autoría y estamos dispuestos a compartirlo o incluso a venderlo. En la era de la web 2.0 la forma de llegar a millones de personas tiene una facilidad nunca vista anteriormente. El problema está en que compartimos esa capacidad con otros cientos de millones de personas.

Las emisoras de televisión están que trinan con YouTube, no les gusta como canal de distribución porque creen que no les da los beneficios que esperaban. Las discográficas siguen luchando contra la posibilidad de compartir ficheros en internet, la misma situación a la que se enfrentarán las editoriales con la masiva utilización de los lectores digitales de libros como Kindle.

Internet reduce los costes de distribución de los diferentes soportes de una forma nunca vista. Los internautas somos mayoría y a los expertos en contenidos que no se den cuenta  de que aunque sean buenos haciendo productos no saben distribuirlos en este nuevo canal les queda un largo periplo hasta que lo reconozcan. Esto genera oportunidades de negocio para todos. Para un internauta anónimo probablemente un blog no le dé para vivir, pero puede ser una fuente de ingresos alternativa, de la misma forma que puede ser una novela, o un diseño de disfraz.

Publicado en EL DÍA el 26 de febrero de 2009.