La inteligencia artificial (IA) está invadiendo nuestras vidas de una forma inexorable que no tiene vuelta atrás. En ocasiones son bots (programas informáticos) que nos responden automáticamente con mensajes de texto a instrucciones precisas, o incluso llegando a interpretar, con más o menos acierto, el lenguaje natural. Es en este momento, en el que estas mentes informáticas están empezando a aprender solas cuando se disparan las alarmas al detectar comportamientos asesinos.

Solo en el Reino Unido se espera que solo en el sector público 250.000 personas puedan perder su puesto de trabajo en los próximos 15 años por la aparición de sistemas capaces de atender al público. Máquinas sin horarios, cotización a la seguridad social y que pueden ofrecer desde un único centro la atención al público de todo un sistema sanitario de salud. No todos los servicios, evidentemente, pero si suficientes para que se pierda un cuarto de millón de puestos de trabajo. Además, mejorará la capacidad de atender a estas peticiones e incluso permitirá adelantar situaciones de epidemias ya que se podrá registrar automáticamente las incidencias con mayor fiabilidad a la que ya ofrece Google Fu Trends.

Un reciente estudio de la inteligencia artificial que desarrolla Google muestra que dos entidades virtuales que luchan por un recurso escaso son capaces de acabar con su contrincante, o arrinconarlo, en el caso de que sea necesario. Han replicado el comportamiento de las camadas de animales e incluso al permitir disparar (virtualmente) al contrincante lo han hecho para poder obtener el recurso. La competición que ya existe en nuestra sociedad se disparará a una velocidad que solo las máquinas podrán atender. Quizás por ese motivo el visionario Elon Musk, que nos avisó de cómo se iba a incrementar la velocidad de implantación de los coches autopilotados, nos alerta de que probablemente cuando la IA alcance la capacidad de razonamiento del cerebro humano será el momento de empezar a fusionarnos con el mundo digital para que no seamos superados inexorablemente por ella ya que su capacidad no parará de crecer mientras que la nuestra, pobres humanos, está limitada por nuestra biología.

Suena a ciencia ficción pero ya las operadoras empezarán a cobrar por servicios que puedan realizarse digitalmente, los coches autopilotados se extienden en algunos países, China tiene su moneda virtual oficial y los robots amenazan con agrandar la brecha social que separa a los que tienen y los que no. Lo cierto es que la IA es de alguna forma una extensión de nuestros pensamientos. Si detectamos que es capaz de repetir nuestros errores a la velocidad de la luz cometiendo acciones que no permitirán rectificación, es el momento de poner un botón rojo que permita pararla antes de que la realidad sea capaz de superar a la ficción de una forma que ahora no podemos imaginar.