Criterios
ALGO ASÍ AGUAYO

De Guatemala a Guatepeor

5/dic/16 6:13 AM
Edición impresa

Se decía antes, cuando las cosas empeoraban, y así sucedió cuando Fidel Castro Ruz llegó al poder después del derrocamiento del general Batista. El comandante Castro se viró, como se dice en estas tierras, abrazó el marxismo, leninismo y comunismo, convirtiéndose en el gran dictador que ha sometido a la hermosa isla de Cuba a la miseria más absoluta.

En 1959, cuando un Castro comandante en jefe junto con sus barbudos tomaron La Habana, para todo el mundo eran unos tipos simpáticos. Recuerdo escucharlo en la radio, creo que el bueno de Isaac Santana fue el que dio la noticia. Estaba con un grupo de amigos con los que, junto a mi jefe, Leocadio, pasábamos los fines de semana, en una cueva en El Pris donde veinte personas saltamos de alegría y consumimos dos garrafones de dieciséis litros de vino. Todos concretamos que era una satisfacción hacer desaparecer a Batista, pues tenía sometido al pueblo y había convertido La Habana en el mayor cabaret del mundo, mientras la población vivía oprimida. Lo sabíamos de buena mano porque casi todos teníamos familiares y allegados en el país.

Pero sorpresa, Castro se apoderó de la industria, comercio, agricultura y nacionalizó la banca, apropiándose de todo el dinero depositado en ellos. Mi suegro, que era marino mercante y trabajaba para una naviera que hacía la ruta Nueva York-Cuba, perdió quinientas mil pesetas de aquella época, ahorros en moneda americana que el sesudo Che le quitó. Por hacer una comparativa, en esos años un piso de cinco habitaciones en Santa Cruz costaba la mitad.

En cuanto se sentó en el trono eliminó cualquier vestigio de oposición, se alió con Rusia, se enemistó con Estados Unidos y acabó con cualquier signo de progreso. Un tirano que sometió a su pueblo al hambre y miseria más absoluta. Mi suegra me contó que cuando estuvo allí en época de Batista, había unos grandes almacenes llamados "El Encanto", donde encontró de todo, y aunque el pueblo estaba sometido, disponían de artículos de primera necesidad o de productos sorprendentes como la laca para el pelo. Con Castro se quedaron sin nada, y ella tenía que mandar a su familia por correo hasta las hojillas de afeitar. Mi añorada suegra, Candelaria, se enamoró de la Cuba con la que Castro acabó.

El comandante hizo una buena labor con la sanidad y la educación, pero eso no era suficiente para subsistir, lo que produjo la desbandada de dos millones de personas, muchos de los cuales se instalaron en Estados Unidos y crearon La Habana Chica en Miami. La muerte del dictador a los noventa años no va a resolver inmediatamente los problemas de sus habitantes, y no hay razón tampoco para celebrar su fallecimiento con insana e ilógica alegría. No lo comparto, pero entiendo la tristeza de su pueblo, que sufre la pérdida de uno de los mayores charlatanes del siglo veinte, que lo único que merece es un silencioso adiós.

No me gustaría terminar sin comentar lo ocurrido la semana pasada a Rita Barberá, la veterana alcaldesa de Valencia que entre todos encumbraron y entre todos mataron. Su propio partido, unos verdaderos acomplejados, permitieron con un vergonzante silencio que una buena política, que había arrasado elección tras elección y convertido su ciudad en unas de las más prósperas del país, acabara siendo abandonada. No merecía el vacío al que la sometieron. Culpo también a los medios de comunicación, políticos de otros partidos y al pueblo ignorante que le causó tanta tristeza, que su corazón no aguantó el desaire y un fulminante infarto acabó con su vida. No es justo el ataque y la etiqueta de corrupta sin haber sido sentenciada por un juez, solo estaba siendo investigada por entregar 1.000 euros a su partido y que una señora dice que recibió dos billetes de 500 euros a cambio en dinero negro. Los nuevos muchachitos de la política desconocen el significado de la palabra misericordia. Rivera exigió al PP que saliera del Senado, y el señor Iglesias no fue capaz de mantener el minuto de silencio en el congreso, ni siquiera por respeto. ¿Dónde ha quedado la presunción de inocencia? ¿Quiénes son estos, "impolutos e inquisidores ciudadanos", para condenar sin juicio previo? ¿Dormirán bien? Mal camino lleva España.

aguayotenerife@gmail.com

ALGO ASÍ AGUAYO