Santa Cruz de Tenerife
OPTIMISTA NATO PABLO ZURITA ESPINOSA

Atrapados

15/abr/17 6:08 AM
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Por la pobreza. En Canarias se pasó mucha necesidad. En aquella época de aislamiento y caciquismo, cuando éramos potencia exportadora y salían más plátanos de las Islas que naranjas de Valencia. Ni la condición de puerto franco ni las escalas de los barcos que atravesaban el Atlántico ni el jodido monopolio. Pobres, condenados a emigrar con destino a Cuba o Venezuela. Y llegaron los setenta y el turismo y los retornados con su dinero. Y se ocupó el paisaje isleño con viviendas a borde de camino, al borde del mar, por todas partes. Terrenos agrícolas con casas y calles, malpaíses para el turismo, extracciones de áridos en Güímar y de picón en cada cono volcánico. Hubo connivencia política y complicidad social: vaya herencia, legalizada después por prescripción urbanística. Vértigo en los ochenta del jetfoil y la nueva autonomía hasta que cuatro "locos" asustados se empeñaron en la Ley de Espacios Naturales, en adoptar la evaluación de impacto y en trabajar la ordenación territorial. ¿Llegaron tarde? Puede ser. Sometido al planeamiento, por presiones de toda índole, el suelo urbano dejó de ser un bien escaso: hay calificado para los próximos cien años.

Por el éxito. El turismo como motor de la economía en el cambio de milenio. Hoteles, apartamentos y campos de golf, y más viviendas: nuevo "boom" de la construcción. Hasta que la mano invisible, para proteger el negocio de éxito, propone limitar el acceso de nuevos operadores con la moratoria. Con objetivos muy razonables -fomento de la calidad turística y la rehabilitación-, aunque nada que el funcionamiento normal de la competencia no hubiera conseguido por sí mismo. En definitiva, burocracia añadida que impidió y/o retrasó inversiones antes y después de la crisis hasta superar el 30% de paro. El Constitucional, que suspendió la moratoria, también llegó tarde. Ahora sube la demanda y persisten los problemas en otros destinos: oportunidad inmejorable para crecer.

Por el miedo. Nos aterra cualquier iniciativa que implique mover una piedra. Estamos atrapados, condicionados por todo ese pasado, por la sensación de culpa. Aterrados también los funcionarios en la tramitación administrativa de cualquier actividad, tan garantista que la eterniza. Y la opinión pública que se opone por sistema: en contra de prospectar el petróleo y ahora, que encuentran telurio en el fondo del mar -un mineral necesario para los paneles solares-, hay quien se preocupa por los efectos negativos de su extracción, en su caso, ¡a 1.100 metros de profundidad!, sin evaluar siquiera las implicaciones económicas y sociales del descubrimiento. Miedo también para permitir reconvertir los vergonzosos agujeros de Güímar en una inversión productiva y empleo. ¿Qué mejor destino que el turístico para rentabilizar el dinero de las sentencias y compensar la tropelía?

Santa Cruz. Nadie se percató entonces de la necesaria compatibilidad con el uso portuario. Atrapados sin acceso al mar. Los tiempos cambian y Santa Cruz, con clima e infraestructuras, tendrá también su oportunidad de incorporarse al turismo con camas y oferta de ocio. Urge buscar dinero (y negociar con Costas).

Por incrédulos. El futuro emite señales que nos negamos a interpretar. Y nos conviene. Nuestros hijos no vivirán en Canarias del refino del petróleo ni de la fabricación de bienes de consumo ni del cultivo de la papa. Emplearán una energía más limpia y más barata, las fábricas seguirán en China y con las papas, salvo que sean variedades antiguas, nada que hacer, no podrán competir con las grandes extensiones del continente. En ese contexto, la agricultura canaria resurgirá con garantía de origen, producto exquisito de alta calidad y acceso a los mercados europeos; apostar por la emprendeduría rural con enfoque empresarial, tecnología y exotismo.

www.pablozurita.es