Criterios
EFRAÍN MEDINA*

Le queda un año de vida

31/mar/19 6:37 AM
Edición impresa

Fue en un mes de abril cuando le detectaron una enfermedad que a todas luces era incurable. Él quería saber toda la verdad y esta llegó como algo inesperado, como un estampido que te revienta en la misma cara, como un trueno repentino: "Como mucho le queda un año de vida, su enfermedad no tiene cura". Salió del hospital y caminó sin una dirección establecida. Sus pasos le llevaban sin control hasta que se detuvo frente a la iglesia que está en Finca España y se sentó en un banco que hacía algunas semanas habían colocado. Un sinfín de preguntas le surgieron, pero sobre todo la más acuciante era la de ¿qué hacer en este año que me queda de vida? Y empezó a planificar. Lo primero que se le ocurrió fue conocer mucho mejor la isla de sus padres, La Gomera, y así lo hizo. Pidió una semana en su trabajo de funcionario y marchó hasta el pueblo de Igualero, un caserío de donde se ha ido mucha gente. Olió la tierra mojada y la laurisilva, daba paseos desde Igualero a Chipude sabiendo que apenas le quedaba "un año de vida", se detenía a observar cómo trabajaban las alfareras del Cercado, observaba las puestas de sol desde la fortaleza de Chipude y regresaba a su casa. Él no pensaba en otra cosa que en la espada de Damocles sobre su cabeza. Cuando le pareció, dejó La Gomera y regresó a la isla del Teide.

Ya en Tenerife, volvió al hospital, donde le repitieron todas las pruebas y el diagnóstico no tuvo variación alguna, "más o menos un año de vida".

Siempre quiso conocer Roma. Una vez estuvo a punto de ir a ver un partido de fútbol entre el Real Madrid y la Lazio, pero al final no fue porque su madre sufrió una subida de tensión y fue hospitalizada.

Esta vez sí se fue a Roma. Caminó por la plaza de España y bajó las escaleras, como lo han hecho tantas personas a las que, como a él, les queda un año de vida, con la diferencia que él sí lo sabía . Se sentó en una trattoría a ver pasar a la gente e intentar adivinar su esperanza de vida: a esta señora... como diez años, a esta joven ... unos setenta, a este señor que come en la mesa contigua, seguramente le quedarán unos cinco años, al joven que corre por la vía, no menos de ochenta porque la esperanza de vida va en aumento... a mí me queda uno.

Visitó el Coliseum y pensó ser la reencarnación de alguna persona que luchó ahí, pero que incluso no tuvo la suerte que podía tener él: los luchadores de la arena podían morir esa misma tarde. Se sintió afortunado.

Y volvió a la Isla. Y regresó al barrio de Salamanca, donde vivió toda la vida, y pasó frente a los Cines Price, que una vez murieron de repente, pero que ahora los han vuelto a resucitar. Y en el bar de la esquina se tomó un cortado, estaba la misma gente sentada en las mismas butacas de la barra y tomando lo de siempre, como si se tratase de una función teatral que se repite tarde a tarde. Él simplemente miró a todos los parroquianos e intentó adivinar cuánto tiempo les quedaría de vida.

Calculó y vio que ya solamente restaban (según el diagnóstico) seis meses más o menos. Empezó a leer desaforadamente todos los libros que no había podido disfrutar, y así consumió la mitad de ese tiempo. Su vida se circunscribió en comprar lo necesario en una tienda del barrio para hacer la comida y leer, leer y leer, hasta que llegó la Navidad, porque vio un árbol decorado en la tienda de toda la vida.

Pensó que con la despedida de este mundo a punto de llegar eran las mejores fechas para reconciliarse con la poca familia que tenía y así lo hizo. Se presentó en casa de su hermana, que no veía desde hacía unos años, llegó el perdón y estableció un vínculo estrecho con sus tres sobrinas, su cuñado y su única hermana. Jamás les dijo que le quedaban meses de vida. Jamás lo contó.

Decidió no volver a revisión. ¡Total... por apenas dos meses, según el fatídico diagnóstico dado a media voz!

Y pasó el año. Cuando despertaba y abría los ojos se palpaba el cuerpo. Se vestía con un chándal, desayunaba y caminaba desde el barrio de Salamanca hasta la plaza de España para subir en tranvía. La cuenta ya la tenía cumplida, incluso con un mes de gracia.

Volvió al hospital porque ya pasaban cuatro meses de la fecha prevista para viajar al infinito. Los médicos se reunieron en una sala ovalada del centro hospitalario porque no daban crédito a lo que estaban observando. No había rastro de aquel diagnóstico sino una regeneración total en aquel cuerpo de 42 años, y fue llamado por todo el cuerpo médico: "Tenemos que decirle que no hay rastro de su enfermedad, seguiremos observando y pedimos su autorización para poder investigar...". Él los miró y empezó a caminar, esta vez hasta la parada del tranvía que lo condujo hasta el puente Zurita. Cuando pasó frente al Cine Price había una aglomeración de gente porque volvía a abrir y pensó que le pasó justamente lo mismo que a él; al Price lo dieron por muerto y resucitó.

Al siguiente día volvió a La Gomera, esta vez con la hermana y una sobrina, regresó y volvió a Italia, esta vez a Florencia y en una heladería pidió un helado de limón sabiendo que le quedaba "mucho más que un año de vida".

*Vicepresidente y consejero de Desarrollo Económico del Cabildo de Tenerife

EFRAÍN MEDINA*