Cultura y Espectáculos
CAJACANARIAS 1992 / 2012

Mirada de arena

Dedicado a Cristina Ruiz Domenech, siempre viva en mi recuerdo
Francisco Belín
13/feb/12 10:26 AM
eldia.es

Como suele pasar, el librito editado por CajaCanarias se encontraba en un cajón, entre fotografías y apuntes a mano. Lo releí y me pareció que podía rescatarse. Total, para que siguiera durmiendo... Con el mejor deseo, les dejo con el relato revisado.

LA FIGURA difuminada de “El Bohemio” se dirige hacia el promontorio a la misma hora de costumbre, cuando apenas ha despuntado el sol, con esa luz lechosa de después del amanecer. Desde la playa solo se distingue el sombrero desproporcionado y la talega de herramientas donde el escultor esconde de petaca con aguardiente barato; la silueta se pierde ya entre las retamas próximas al pinar.

A primera hora de la mañana la bruma desdibuja los contornos del acantilado, como en un espejismo, y las pardelas quiebran el silencio en su pugna por algún abrojo submarino.
El aspecto terso de la cala se interrumpe con aquella presencia inmóvil, a la que todavía no llegan los filamentos de la marea, los brotes de espuma que se diluyen en diminutos surcos a lo largo de la orilla.

El relieve del perfil femenino aflora con gracilidad desde sus raíces de grava y sal. Largas piernas ladeadas reposan tenuemente flexionadas; el gesto de armonioso giro a partir de las caderas revienta en los senos turgentes, pezones de cereza, para recuperar la serenidad en los hombros torneados, en el rostro delicado; el cabello ondulado revolotea por la espalda perfecta.
Un hermoso desnudo, así lo reconocen con exclamaciones de admiración los bañistas que se arremolinan ante ella.

La mujer de arena percibe el estruendo gradual, un regusto pegajoso a salitre primitivo, a océanos desbordados y festín de medusas, a resaca de naufragios y matorrales de sargazos. Un aluvión desconocido que impregna sus huesos de mineral; un bramido vital inimaginable, como latidos de géiser. Antes de ser modelada era la inexistencia.

No es incomodidad esa posición, un tanto forzada por su creador, ni ese zumbido, exactamente rugido constante de oleaje que recorre punzante cada átomo de su anatomía terrosa, cada arteria de su esencia de lodo. Tampoco molesta la contemplación dulzona de los espectadores que escrutan su orografía femenina, como si ella fuera mico de feria.
Les observa con distraída curiosidad, intentando establer alguna identidad con aquellos seres todavía distorsionados.

Entre ellos está él, aparición fugaz, ahora más claras las facciones. Sus miradas coinciden inevitablemente en una fracción de siglos en la que se entreteje la fulgurante atracción; los segundos se congelan en el abrazo imposible, en la ansiedad opresora que sigue al juego amoroso.

Ella desearía poder rozar con desesperación el cuerpo atlético, acariciar y besar cada resquicio de la virilidad aún en ciernes, que ha trastocado su alma de arena en su melaza incandescentes. Renunciar a su vínculo ineludible, escapar de su prisión, que es ella misma, y danzar junto a él, muy juntos, para susurrarle relatos desconocidos de lejanos parajes ribereños.

Él, sin atreverse a calibrar ese sentimiento contradictorio que le golpea las sienes y la lógica, lucharía por liberarle del cepo de su fragilidad; aguantaría los embates del mar para defenderle de ese cáncer devorador; colmaría su cuerpo de materia dorada con amuletos de todos los lugares del mundo, para enjoyar a la más bellas de las que ha podido contemplar jamás, y jamás olvidará aquella mirada de arena. Y le brindaría su aliento para evitar la pena de su vacío, de una partida sin regreso.

El calor endurece cada molécula; se deshacen los anclajes mágicos que mantenían firme cada centímetro de su naturaleza efímera.

Nadie se entretiene ya en contemplar aquella figura estropeada, una vez pasada la sorpresa inicial.
Únicamente el muchacho se mantiene a su lado, aguantando con humedad inútil la desolación de su marcha, de su menguar con cada partícula que desaparece.

El impacto desmorona con violencia millones de fragmentos que saltan enloquecidos en un revuelo alborotada, entre gritos y risas.
Una náusea atroz invade toda su complexión de adolescente, seguida de un vértigo doloroso.

A pesar de las amenazas, la pelota de los chiquillos vuelve a estrellarse contra el bulto semiderruido.
El muchacho desaparece instantáneamente de la perspectiva oblicua que alcanza su visión. Un crujido de sarmiento roto estalla en su corazón de escultura, aún palpitante, fraguado de mareas y mixtura de corales.

No se lo puede creer. ¡Está enamorado de un montón de arena! ¡Pero esa mirada estaba viva, estoy seguro!

La pandilla viene en su busca y bromean con lo que ahora no es más que un alboroto de tierra, un estropicio lastimero de algas secas y palitroques.
Entre empujones y tarascadas atrapan al compañero que en el empeño contempla cómo se destruye lastimosamente la mano desfigurada de ella, cuando ya cesa el forcejeo inútil y todos los demás se adentran ruidosamente en el agua.

El joven, apesadumbrado, llega con paso cansino al lugar. En un gesto incontrolado sus labios buscan la arena revuelta y recoge desconsolado un puñado que luego lanza con rabia hacia el horizonte.

En una última mirada, llamándole, ella dejó de percibir aquel bramido vital con el arrebato postrero de la pleamar, hasta disolverse en su propia materia, y lágrimas, y una profunda nostalgia.

Las olas arrastran los vestigios de la mujer sin nombre, un enamoramiento que ahora se funde en las algas, en las caracolas, que hace que los abismos no sean tan temibles; que juguetea con los cardúmenes, con las corrientes marinas. Y siempre busca aquella cala; se deposita en los pequeños guijarros que él tocará en sus juegos de hombre niño, para rozarle en un suspiro, como ella siempre quiso, aunque él no se dé cuenta, pero sabe que le recuerda, y que esta noche estará en sus sueños, dos cuerpos de arena que se estrechan en el lecho amable que deja la marea baja y convierten su pasión en los charcos diseminados, en el olor perfumado de la playa al atardecer: el mismo aroma del pastillero, donde él guarda ese mísero recuerdo, casi intangible, que desaparecería de un soplo y que por eso no abre, por miedo a perderle por segunda vez.

El acantilado ennegrece con su sombra un entorno que ahora es dominio de los pequeños seres nocturnos.

En el promontorio permanece encendida la hoguera donde “El Bohemio” calienta su escasa cena y el alcohol, que él perjura que es su única medicina, e irremplazable.

Acompañado de su perro, que no tiene nombre, limpia con meticulosidad los útiles. Los engrasa y les saca brillo con habilidosos movimientos, hasta muy entrada la noche.
De madrugada, tras hacer pan, “El Bohemio” tomó el camino de la playa y allí eligió el mejor lugar, el de arena más consistente.

Frotándose las manos, y eufórico después del segundo trago de aguardiente, se puso manos a la obra para dar forma, y vida, a un nuevo personaje. Rezó, en un murmullo, una retahíla de conjuros antiguos y escarbó con delicadeza. Esta vez, decidido, un valeroso guerrero.

Francisco Belín

CAJACANARIAS 1992 / 2012