Santa Cruz de Tenerife
CRÓNICA DESDE LOS ANGELES POR JESÚS DEL CERRO

Tara Reid

11/sep/17 6:10 AM
Edición impresa

Eran las nueve de la mañana, el set de rodaje estaba todavía semivacío, la noche anterior habíamos acabado a las once de la noche y aún quedaban un par de horas para que empezáramos la filmación. Era sábado -nuestro penúltimo día de rodaje- pero el domingo solo grabaríamos planos de situación, recursos y algún plano más sin actores; hoy era el día grande. Repasaba las secuencias, comprobaba qué teníamos que rodar y procuraba tener todo listo en mi cabeza. "Ya está aquí". El segundo ayudante de dirección me avisó de que había llegado Tara Reid al set. Estaba en maquillaje y viendo la ropa; dejé el guion y me fui hacia allá.

Era pequeña, muy pequeña; no tanto baja, sino pequeña. Supongo que, con dificultad y con los bolsillos llenos, la báscula marcaría cuarenta y cinco kilos. Nos saludamos con cordialidad. Mi miedo era que los tiempos de maquillaje, vestuario y peluquería se me comieran el rodaje. Solo teníamos un día para rodar todas sus secuencias y además no podía contar con ninguna hora extra; a las doce de la noche teníamos que estar fuera del plató de rodaje, me acababa de explicar la jefa de producción. Comenté con Tara las secuencias que íbamos a rodar y cómo pensaba rodarlas. Hablamos de los diálogos y de cómo veía la historia; Tara escuchaba y asentía con naturalidad, no tenía ningún problema con sus frases, con su personaje, le gustaba cómo era y lo que decía; eso me tranquilizó. Miramos la ropa que teníamos, que era casi toda suya, la jefa de vestuario me explicó que había sido misión imposible encontrar ropa de su talla de un día para otro; recordé entonces que el director de fotografía había trabajado con ella en "Sharknado" y me contó que mucha de la ropa de Tara para esa película había salido de la sección de niños.

Poco a poco la gente fue llegando, las cámaras estuvieron pronto listas y las luces en su sitio; miraba el plan del día, aún no habíamos empezado y ya íbamos media hora tarde. Tara seguía en maquillaje y peluquería. Decidí hacer una visita al camerino para meter un poco de presión y en la puerta me encontré a la maquilladora charlando con la peluquera. Me sorprendió, pero me explicaron que Tara quería peinarse y maquillarse ella misma. Entré y allí estaba Tara manos a la obra, tenía el pelo recogido cuando yo había pedido que lo llevara suelto. Íbamos con retraso y no quise prolongarlo. Hablé con Tara, redujimos -ella- su maquillaje y pactamos tres tipos de peinado para los diferentes momentos de la película. La verdad, fue fácil y se dejó guiar por mis indicaciones; para cuando salí del camerino con la actriz, ya acumulábamos una hora de retraso. Pensaba, en cualquier caso, que ese tiempo lo podía recuperar si conseguíamos rodar a buen ritmo; lo importante era que sus secuencias estuvieran bien y que se adaptaran al tono de la película; pero eso era, claro, otra incógnita.

La película se había ido formando durante treinta días de rodaje y un par de meses de preproducción y ensayos; cada nuevo actor traía una idea del personaje, de la interpretación, de cómo contar la historia. Durante los ensayos y después en el rodaje habíamos unificado interpretaciones y habíamos construido los diferentes personajes y sus relaciones. Cuando un actor viene solo para un día de rodaje tiene que ser muy rápido y tú tienes que forzar la dirección. Es como ir a jugar un solo partido con un equipo de fútbol que ya tiene memorizadas las jugadas, mecanizados los movimientos y muy claro el tipo de fútbol que quiere hacer. No puedes contarle el detalle de una jugada, tienes que hablarle del tipo de juego, de la idea que tienes y esperar que el jugador -aquí, la actriz- con su oficio y con su profesionalidad, vea la jugada que nunca ha ensayado y se mueva a ese desmarque que nunca practicó por instinto.

La primera secuencia era muy corta y sencilla para darle una bienvenida fácil. Tara estaba nerviosa y dudaba, hicimos tres, cuatro tomas y, aunque no estaba mal, tampoco estaba bien. Tara se daba cuenta y escuchaba mis indicaciones; tratando de mejorar, ensayaba entre toma y toma y se intentaba adaptar a su espacio. Yo movía las cámaras de posición procurando buscar un mejor ángulo que favoreciera la secuencia y, finalmente, conseguimos tener algo aceptable. Tara salió disparada a cambiarse de ropa y de peinado. La siguiente secuencia ya no era unas pocas líneas al teléfono con poca importancia. Ahora íbamos a rodar las secuencias primera y segunda, el inicio de la película, esto era importante y no valía con que nos saliera algo aceptable. Colocamos las cámaras y, mientras el dire de foto ajustaba la luz, salí a hablar con el ayudante de dirección a ver cómo llevábamos el día y a que me contara lo que yo ya sabía: que íbamos con hora y media de retraso. Al salir la vi, Tara estaba en la terraza fumando y discutiendo con Chris Atkins; me acerqué un poco preocupado y descubrí que, efectivamente, estaban discutiendo pero metidos en sus personajes, estaban ensayando la siguiente secuencia. Tara me miró un segundo y sin decir nada volvió a repetir la secuencia para enseñarme lo que estaban haciendo. Para cuando terminaron, yo tenía en la cabeza unos cambios; el script, viendo el ensayo improvisado, se acercó y tomó nota de esos cambios; les di unas notas, unas indicaciones y volvieron a ensayar. "Esto ya es otra cosa", pensé. Tara revisó el guion unos segundos y me dijo: "Estoy lista". Me fijé y, efectivamente, Tara ya estaba cambiada de vestuario, maquillaje y peluquería y solo necesitábamos esperar unos minutos a que la luz estuviera lista. Tara había volado en sus cambios y había corrido a ensayar. Chris me miraba y sonreía, esto empezaba a funcionar.

El personaje de Tara es una directiva de Interpol, una mujer segura de sí misma y acostumbrada a mandar y a ser obedecida. Siempre había pensado en una actriz más mayor para ese papel pero ahí estaba con Tara Reid y sus cuarenta y cinco kilos ensayando con Chris. Ella era su jefa y la trama de la película dependía de que consiguiéramos montar ese personaje.

Tara se sentó en su despacho, le expliqué la secuencia, sus líneas y, mientras ella se ubicaba en su espacio, ajusté las cámaras; habíamos cambiado las ópticas y ahora íbamos en planos más cortos. De repente, Tara ya no estaba ahí. Algo había cambiado, ella estaba más segura, dominaba el espacio, en cámara ya no era la menuda actriz de la primera secuencia, ahora era poderosa, segura. Había que rodar y rápido, aprovechar el momento, últimas indicaciones, silencio, motor, claqueta y acción.

Hicimos tres tomas, no hizo falta repetir más, Tara tenía el personaje, se comía la pantalla y cada indicación que le había dado la había incorporado a su personaje con naturalidad, con facilidad y, en la tercera toma, simplemente lo había bordado. Tara estaba exultante y yo contento, la dimos por válida y me acerqué a ella; nos miramos como dos niños ante nuestro regalo de Navidad; sabíamos los dos que habíamos hecho lo más difícil, teníamos lo que queríamos, estábamos donde habíamos hablado esa mañana en el camerino. Ella era la directiva de Interpol, la mujer segura, poderosa y, al mismo tiempo y según con quién, cercana y tierna. El día iba a ser bonito, yo tenía a una pedazo de actriz que quería que le diese más indicaciones, más notas, que ahora estaba segura de su personaje y quería hacerlo perfecto, ya no era la actriz menuda y frágil que había llegado al set hacía unas horas. "¿Qué secuencia viene ahora?" me preguntó; "La terraza", respondí yo; "Pues hagámosla". Seguíamos yendo tarde, tendríamos que correr, pero Tara ya sabía cómo había que jugar el partido, cómo debía desmarcarse y cómo debía buscar el hueco. Ahora podíamos ganar y hacia allá nos fuimos a por el partido, a por la película.