La Palma

Aerogeneradores en molinos harineros

Un arquitecto, investigador y profesor universitario de la Isla propone en un estudio exhaustivo la recuperación de los molinos de viento tradicionales y su uso como pequeños generadores de energía limpia.
V. Martín
31/mar/19 6:38 AM
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Aerogeneradores en molinos harineros

V. Martín

E ran otros tiempos. De mayores dificultades, donde se sabía que lo importante era subsistir, sin buscar más lujos. La harina y el gofio fueron los productos básicos para las generaciones pasadas, con aparatos de trituración que evolucionaron a la vez que se incrementaba la población.

El primer instrumento reconocido para triturar los alimentos es el molino de mano. La piedra molinera. De unos 30 centímetros. Más tarde aparecieron los "molinos de sangre", movidos principalmente por burros. En algunos casos, por humanos. Fue un salto mayúsculo. Por último, los molinos de viento. La revolución. Pero sí, ha pasado el tiempo, los años, incluso los siglos, y unos antes y otros después fueron perdiendo protagonismo y salvo excepciones han ido desapareciendo del paisaje insular. Elementos en su mayoría en ruinas.

Víctor Cabrera García, natural de Villa de Mazo, es arquitecto, profesor universitario e investigador. De su trabajo ha nacido "Molinos de viento harineros en las Islas Canarias", que aglutina no solo una detallada información sobre la situación actual de este patrimonio etnográfico en desuso sino que, además, aporta alternativas plausibles para su recuperación y puesta en uso como elementos adaptados a los nuevos tiempos, capaces en concreto de generar energía alternativa.

Es consciente de que los molinos de viento "se han quedado como reliquias del pasado, frágiles y vulnerables por su envejecimiento y falta de uso". Ahora bien, ¿se deben recuperar? Cabrera defiende que "no podemos restaurar por restaurar y ya está. Todo lo que no se use, desaparece". Cree que hoy en día "hay una especie de fiebre por restaurar, cuando no debemos olvidar que esas actuaciones deben ir acompañadas de un uso para que no sean esfuerzos en balde".

Este investigador hace hincapié en que "ya no vivimos como hace siglos, y todos los bienes culturales, industriales y patrimoniales si no le damos un uso concreto terminarán desapareciendo. No todo nuestro patrimonio puede ser un museo. Se trata de saber qué alternativas podemos ofrecer para el mejor patrimonio que podamos disponer".

La Palma llegó a contar con al menos 16 molinos de viento. Son los que se han podido documentar. Ahora apenas existen seis: cuatro en la Villa de Garafía, de los que uno está perfectamente restaurado como Museo de Interpretación del Gofio; uno en Breña Alta y otro en Villa de Mazo. Todos los demás "son ruinas. Ya no se consideran bienes recuperables", apunta el profesor.

La clave es qué hacer en caso de apostar por dar una segunda vida a estos artilugios del pasado. Víctor Cabrera sostiene que "hoy en día es posible la incorporación con garantías de los mecanismos de los actuales aerogeneradores en los molinos de viento tradicionales sin que se produzcan distorsiones significativas en estas construcciones tan singulares de la arquitectura tradicional canaria". La energía obtenida "se puede utilizar para dar suministro al alumbrado público, tanto para la red viaria como para los parques, jardines y plazas urbanas".

Se trata de "actualizar el uso de los molinos de viento tradicionales de tal manera que podamos recuperarlos del olvido". Propone, al fin y al cabo, "convertirlos en aerogeneradores". Sería "recuperar lo que aún no está perdido de estas construcciones singulares y, al mismo tiempo, que su uso sea compatible con las necesidades sociales actuales en el interés creciente de obtener energía limpia y renovable".

Se estima que la inversión no sería considerable. Al menos, tendría un objetivo defendible. Es más, tampoco es una técnica 100% novedosa. Al menos hubo una iniciativa similar propuesta por el Ayuntamiento de Campos, en Palma de Mallorca, con un proyecto denominado Molins de Campos realizado en el año 2000. Se apostaba por una rehabilitación estructural, al tiempo que se mejoraba el entorno con una serie de actuaciones colaterales, impulsando el empleo.

Aquel trabajo nació de un estudio experimental desarrollado como consecuencia del convenio de colaboración suscrito el 16 de diciembre del año 2000 entre el Ministerio de Medio Ambiente, el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía, el Ayuntamiento de Campos y la empresa privada GESA-Endesa.

Es decir, no es una locura. Es viable.