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EL GONGO FRANCISCO BELÍN*

Leve pompa de jabón

24/ene/09 7:28 AM
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CADA PERSONA tiene su encanto, el suyo; el que sea. Un ser puede engatusar a su pareja, convencer con cantos de sirena a un grupito, poner a tono con su sonrisa a centenares de correligionarios o darse la zampada de gloria ante los fans aporreando una guitarra o marcando gol de prodigiosa chilena.

Caemos fácilmente en la seducción, aunque muchas veces sepamos a ciencia cierta que está empaquetada en celofán artificioso, que hay kilos de maquillaje; que con un poquito de técnica y otro de tecnología lo simplón se convierte en una máscara de oxígeno para tantos y tantos que no encuentran el sosiego en los rincones de sus guaridas.

Es relativamente fácil cautivar a los congéneres con aquello con lo que es fácil cautivar. Digamos un talento, un virtuosismo, algo indefinible que con la estética -a menudo corporal- se resuelve para provocar admiración, cuando no gritos de euforia de fans enfervorecidos/as ante el músculo, la voz, la cuerda, la plasticidad...

Pero más difícil se torna cuando es la política la que está por medio. A mi parecer. Puede haber hipnotismo con los políticos. Pero menos. Que recuerde, son escasos los que sobrepasan el listón de la fascinación total, arrebatadora.

Políticos carismáticos brotan como tréboles de cuatro hojas; quizá aquel estadista Winston Churchill, lejano ya, o la malograda Benazir Bhutto, con "su crónica de muerte anunciada".

Es por eso que ahora surge este balsámico fenómeno mundial. Barack Obama. Un ser -parece ser- de otro mundo, que irradia serenidad y potencia, cercanía con determinación. Digo yo.

En su investidura, este hombre ya amado por el mundo, se sabía fuerte, se sabía poderoso; dominaba su voz a la perfección y subir a veces el tono para pronunciar palabras básicas que el planeta quiere escuchar nítidas, con esperanza, con emoción. Su primer día de despacho oval, de firma (por cierto, es zurdo) para aplicar guadaña a Guantánamo. Estamos encantados.

Paseaba yo el otro día por La Laguna. Sobre los adoquines, un niño corría embelesado tras unas pompas de jabón. La escena con su mamá era maravillosa. Perseguía cada esfera etérea con denuedo y se sorprendía cuando le estallaba, el leve frescor en su carita.

Yo sólo espero que Obama no sea una de esas pompas. Ni nosotros el niño.

*Jefe de sección de EL DÍA

EL GONGO FRANCISCO BELÍN*